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Dimensiones de la educación inclusiva

Enviado por AdminRA el 17/02/2026
Dimensiones de la educación inclusiva

La educación inclusiva se estructura fundamentalmente en tres dimensiones interrelacionadas: 

  • La elaboración de políticas inclusivas (gestión y normas).
  • El desarrollo de prácticas inclusivas (enseñanza en el aula).
  • La creación de culturas inclusivas (valores compartidos).

Estas dimensiones buscan eliminar barreras para asegurar la participación y el aprendizaje de todos los estudiantes.

(De clic en cada título para acceder a más información y a recursos asociados)

La dimensión de políticas inclusivas no debe limitarse a normativas escritas o lineamientos generales. Más bien, propone que la inclusión se convierta en el centro del desarrollo escolar: una fuerza que atraviese toda la gestión institucional, desde el diseño del currículo hasta la asignación de recursos, desde la convivencia hasta la evaluación. Es decir, la inclusión no es una estrategia adicional, un programa o un proyecto, sino el principio que guía todas las decisiones de una institución educativa.

Ainscow (2022) invita a cambiar el enfoque: el centro no son los intereses de la escuela ni sus estructuras burocráticas, sino las trayectorias vitales y educativas de los estudiantes. Las políticas inclusivas deben nacer desde la mirada de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, considerando sus contextos, capacidades, deseos y condiciones, y no desde los formatos estandarizados de la administración.

“Esta dimensión tiene que ver con asegurar que la inclusión sea el centro del desarrollo de la escuela, permeando todas las políticas, para que mejore el aprendizaje y la participación de todo el alumnado. Se considera como “apoyo” todas las actividades que aumentan la capacidad de una escuela para dar respuesta a la diversidad del alumnado.

Todas las modalidades de apoyo se agrupan dentro de un único marco y se conciben desde la perspectiva de los alumnos y su desarrollo y no desde la perspectiva de la escuela o de las estructuras administrativas”. (Mel Ainscow, 2002) 

El fortalecimiento de comunidades educativas inclusivas inicia con un elemento clave: que toda la comunidad institucional conozca, comprenda y se apropie de los lineamientos de la política de educación inclusiva. En este proceso, el liderazgo rectoral es determinante para orientar a los diferentes actores hacia una comprensión compartida que permita integrar la inclusión en la planeación, la práctica pedagógica y la convivencia escolar. Para ello, es importante que la institución implemente estrategias de socialización continuas que involucren a todos los miembros de la comunidad educativa: directivos, docentes, personal administrativo, estudiantes y familias. Estas acciones permiten consolidar un marco común de referencia que oriente la toma de decisiones institucionales. 

>> Ir a Marco Normativo y de política

La dimensión de prácticas pedagógicas inclusivas invita a mirar la escuela no solo como un lugar de enseñanza, sino como un ecosistema pedagógico vivo, donde las decisiones, acciones y relaciones cotidianas reflejan los valores y principios de la educación inclusiva.

No basta con declarar la inclusión en los documentos institucionales; es necesario materializarla en las actividades del aula, en los espacios diarios, en los proyectos pedagógicos escolares y extraescolares, en las evaluaciones y en cada interacción diaria.

En este proceso, la participación de todas y todos es central: cada estudiante debe estar presente, implicado y reconocido en la vida escolar. Además, se valora no solo lo que se aprende en clase, sino también los saberes y experiencias que traen desde sus hogares, territorios y contextos: saberes ancestrales, populares, digitales, emocionales, entre otros. Esta perspectiva amplía lo que se considera valioso para el aprendizaje y fortalece el sentido de pertenencia y reconocimiento.

“Esta dimensión se refiere a que las prácticas educativas reflejen la cultura y las políticas inclusivas de la escuela. Tiene que ver con asegurar que las actividades en el aula y las actividades extraescolares promuevan la participación de todo el alumnado y tengan en cuenta el conocimiento y la experiencia adquiridas por los estudiantes fuera de la escuela. La enseñanza y los apoyos se integran para “orquestar” el aprendizaje y superar las barreras al aprendizaje y la participación. El personal moviliza recursos de la escuela y de las instituciones de la comunidad para mantener el aprendizaje activo de todos”. (Mel Ainscow, 2002)

La imagen a continuación sintetiza tres ejes fundamentales que orientan esta dimensión: el fortalecimiento del talento humano, el diseño de estrategias pedagógicas inclusivas con enfoque interseccional y la articulación de sistemas de evaluación coherentes con el PEI. Estos componentes se complementan entre sí y permiten avanzar hacia una escuela donde la inclusión se expresa de manera concreta en las prácticas pedagógicas, generando condiciones para la participación y el aprendizaje de todas y todos. 

El desarrollo de prácticas pedagógicas inclusivas implica transformar el aula en un espacio que reconozca y responda a la diversidad de trayectorias, identidades, saberes y características de niñas, niños, jóvenes y adultos. Esto supone diseñar ambientes de aprendizaje flexibles y propositivos, utilizar estrategias didácticas pertinentes y disponer de recursos pedagógicos que promuevan la participación, el progreso y la promoción de todos los estudiantes.

>> Ir a Prácticas Pedagógicas Inclusivas

La dimensión de las culturas en la educación inclusiva se comprende como el tejido simbólico y afectivo que sustenta las relaciones humanas en el entorno escolar. Su finalidad es promover una toma de conciencia colectiva sobre la importancia del respeto, la valoración y la corresponsabilidad frente a la diversidad. Esto se concreta en la posibilidad de incorporar valores deseables (como lo plantea Plancarte (2017)) y en generar condiciones de convivencia escolar que transformen las raíces sociales y emocionales de la exclusión.

“Esta dimensión se relaciona con la creación de una comunidad escolar segura, acogedora, colaboradora y estimulante, en la que cada uno es valorado, lo cual es la base fundamental para que todo el alumnado tenga los mayores niveles de logro. Se refiere, asimismo, al desarrollo de valores inclusivos, compartidos por todo el personal de la escuela, el alumnado, los miembros del Consejo Escolar y las familias, que se transmitan a todos los nuevos miembros de la escuela. Los principios que se derivan de esta cultura escolar son los que guían las decisiones que se concretan en las políticas educativas de cada escuela y en su quehacer diario, para apoyar el aprendizaje de todos a través de un proceso continuo de innovación y desarrollo de la escuela”. (Mel Ainscow 2002)

La siguiente imagen presenta los tres componentes que orientan esta dimensión: un sistema educativo acogedor y seguro, la apropiación institucional de la educación inclusiva como principio orientador de la cultura escolar, y la participación corresponsable de las familias en los procesos institucionales. Estos elementos fortalecen el entramado simbólico, afectivo y ético de la comunidad educativa, permitiendo que la inclusión deje de ser una aspiración para convertirse en una práctica compartida que orienta las decisiones, relaciones y proyectos escolares de manera sostenida. 

El desarrollo de culturas inclusivas implica transformar la vida institucional en un entramado simbólico, afectivo y ético que reconozca y valore la diversidad como un principio estructurante de la convivencia y la acción educativa. Supone construir entornos seguros, acogedores, respetuosos y estimulantes, donde todas las personas niñas, niños, jóvenes, adultos, familias y personal educativo sean reconocidas en su dignidad y participen activamente en la construcción colectiva de la vida escolar. 

>> Ir a Culturas Inclusivas

 

(Ver imágenes asociadas)

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